Los sueños de convertirme en un héroe de Hitchcock
Robert Fisk
Cuando estaba en la universidad, escribía a todos los periodistas que conocía en busca de consejo. ¿Debía volver a mi antiguo trabajo en el Newcastle Evening Chronicle o intentarlo en Fleet Street? ¿Cómo podía convertirme en un corresponsal en el extranjero como Huntley Haverstock, el héroe de la película de tiempos de la guerra que se hacía con una primicia al estrellarse en el Atlántico? ¿Debía, en verdad, estar estudiando latín y la historia de Roma si lo que quería era ser un guerrero intrépido que buscara la verdad en medio de las armas?
Incluso más descorazonadoras que mis inocentes preguntas eran las respuestas; las pocas que recibí. El gran y buen periodismo inglés estaba demasiado ocupado como para verme, demasiado envuelto en asuntos de estado y en aventuras en el extranjero y – sospechaba yo – era demasiado importante como para perder el tiempo con tipos como el Gran Fisk. Sólo el redactor jefe del The Daily Telegraph me escribió para aconsejarme que contactara con John Bullock, su corresponsal en el Oriente Próximo, cuando yo me encontraba de vacaciones en Beirut.
John, el único corresponsal que se tomó la molestia de verme y que aún sigue siendo un buen amigo, llegó puntual a la cita en el bar Duke of Wellington del Mayflower Hotel. “Bueno, ¿cuál es ese trabajo que buscas?”, me preguntó en aquella maravillosa mañana de verano cuando nos encontramos en Líbano. “Pues el suyo”, le contesté ingenuo. Durante años, John me sirvió su respuesta durante las comidas. “Bob… ¡no te gustaría!” sentenciaba con una convicción inmensa. “Mal horario. Peligro. Presiones terribles en la vida familiar. No es tan romántico como piensas.”
Cuando al fin me convertí en el corresponsal para Oriente Próximo del Times, en Beirut, John se convirtió en un compañero, y descubrí que había estado en la Batalla del Atlántico; fue torpedeado en una mañana heladora, que terminó con su capitán dando vueltas en el dique seco al amanecer, mirando fijo al agujero del casco y gritando: “¡Al carajo! ¡Abandonen el barco!.” Ahí es cuando descubrí que John era la versión en carne y hueso de Huntley Haverstock.
Pero hace mucho decidí que, si alguna vez conseguía llegar a Fleet Street o Moscú o Washington o Beirut, nunca sería tan arrogante como mis predecesores.
Respondería a todas las cartas – las de los estudiantes, los lectores agraviados, los vicarios enloquecidos, los colegas, los jubilados o la de los Primeros Ministros – con la misma corrección y comprensión que yo esperaba en vano cuando estaba en la universidad. Ninguna petición de entrevista sería rechazada, ninguna carta quedaría sin contestar. Incluso los aspirantes a reporteros seguros de sí mismos que me dijeran que les gustaba mi trabajo serían tolerados.
¿Era un error? Obtuve cartas de veteranos de la Segunda Guerra Mundial, misivas rabiosas de imanes paquistaníes, los habituales anónimos diciendo que soy un antisemita (últimamente menos, debo añadir, quizá porque este familiar libelo está haciendo respetable al antisemitismo) y ruegos de estudiantes para que conteste 52 preguntas sobre mi cobertura de la Guerra del Golfo de 1991, la Guerra del Golfo del 2003, la de Bosnia y la del Líbano.
¿Pero qué haces cuando un amistoso visitante miserablemente malinterpreta la realidad, a pesar de todas las pruebas que indican lo contrario? Cuando el historiador John Grigg me entrevistó para su próximo recuento de The Times en los años de Lord Thomson (1966-1981), me interrogó sobre un misterioso incidente, en el cual el RUC se presentó en mi casa de Belfast en 1974. La policía de Irlanda del Norte me preguntó si había recibido algunos documentos secretos del gobierno británico. El enojoso episodio se ha contado una y otra vez. Los papeles fueron metidos en mi buzón por un agente de la inteligencia británica, Colin Wallece, que dio parte a la policía. Yo no estaba en casa en ese momento, pero sabía lo que contenía: evidencias de que las autoridades británicas estaban intentando implicar a Ian Paisley, del partido que apoya a los protestantes, en algunas acusaciones de pederastia.
Un año antes – y esto no tiene mucho que ver – le pregunté al redactor jefe de internacional su había alguna posibilidad de obtener un puesto en ultramar; tentadoramente, se me ofreció Portugal. Así que, estaba preparando mi marcha de Belfast cuando la policía llamó. Me fui volando a Dublín por un mes, publicando la implicación del MI5 en mi complicación, y entonces volví a Irlanda del Norte para tomar un té con el jefe de policía del RUC, el cual no deseaba ver a sus polis haciendo el tonto por las gansadas del MI5.
Grigg tomó nota de todo ello, incluyendo la insistencia de mi redactor jefe de posponer mi plaza en internacional y permanecer en Belfast unos meses más para que el gobierno británico no pudiera afirmar que me habían echado los perros en Belfast porque no quería declarar.
¿Y qué es lo que escribió Grigg en su libro? Que yo había sido “retirado de Irlanda del Norte” y que mi salida “estaba claramente conectada en algún sentido” con el incidente del documento. Falso. Pero yo le ignoré.
Más extravagante fue una visita a Beirut, algunos años más tarde, del escritor de viajes William Dalrymple. Cenó en mi casa y me rogó que comiésemos juntos al día siguiente para planear su trayecto por el sur del Líbano. Buscó el nombre de cualquiera que pudiera colarle en la zona ocupada por Israel, al sur. Le dije que podía llamar a un contacto confidencial mío llamado Haddad. Era “una especie de figura amable y fraterna”, Dalrymple escribiría más tarde. Pero yo le ofrecí llevarle en un “tour nostálgico” a través de “los escenarios de los días de gloria de Robert Fisk”. Yo era “un adicto a la guerra”.
Seguidamente, Dalrymple publicaba el nombre de mi contacto en el sur del Líbano – por fortuna, Haddad es casi tan común en Líbano como lo es Smith en Inglaterra – y omitió el mencionar que me había pedido ver las ruinas de Beirut. Incluso más extrañamente, me citó advirtiéndole que no pisara los escombros “donde puede que estuviera una mina o un UXB”.
Lo que me desconcertó fue cuando leí la narración de Dalrymple – en la cual la anterior cena en mi casa fue singularmente omitida – fue el acrónimo “UXB”. No tenía ni idea de lo que significaba. ¿Cómo pude usar tal expresión – que salió de mis labios en su libro - si no tenía sentido para mí? Meses más tarde, supe que la televisión británica había estado emitiendo una serie sobre los oficiales que desactivaban minas durante la Segunda Guerra Mundial. Se titulaba UXB – por “bomba sin explotar” (Unexploded bomb, n.d.t.). Imaginé que Dalrymple la había visto, o había oído hablar de ella.
Pero no me rindo. Y para contestar al estudiante de veinte años que me escribió el mes pasado desde British Columbia, pidiéndome ayuda para el ensayo obligatorio de la universidad sobre Osama bin Laden - ¿tiene alguna visión particular, idea o explicación sobre el personaje, y sus posibles acciones futuras?” – eh, llámame al móvil.